Desde 1960, la Casa de Ana Frank ha sido un museo. Incluso durante el primer año de su inauguración, los visitantes venían desde todas partes del mundo. Visitar este monumento histórico lleva a las personas a un momento importante que la mayoría poco conoce. La casa no sólo es un homenaje eterno a Ana, su familia y las personas que los ayudaron a esconderse, sino un monumento a todos aquellos que sufrieron el peligro de ser atrapados por el régimen Nazi. El anexo de la casa, la parte secreta del edificio que ocultó a Ana y a otros durante varios años, se mantiene lo más intacto posible. A pesar de que se han quitado los muebles de dicha parte debido al espacio reducido y a la cantidad de visitantes, los afiches y los dibujos que se colgaron mientras estaban refugiados siguen sobre la pared. Para realmente llegar al anexo, los visitantes deben pasar a través de una biblioteca que oculta la puerta que conduce a la sección secreta de la casa y subir varias escaleras. El museo además posee el diario original resguardado en una caja de cristal y varios videos de personas que conocían a los Frank. Algunos visitantes se quejan de que la casa está siempre llena de gente y tienen que estar apretujados. Por eso, a los que vienen en verano se les aconseja visitarla a la tardecita cuando la cantidad de personas que se acerca durante el día ha disminuido.